Ni comer ni dejar comer con la deuda anticrisis

Ni comer ni dejar comer con la deuda anticrisis

Debo confesar que a veces me dan miedo los reguladores. La recesión de 2007 ha dejado una profunda cicatriz en todos, pero especialmente en ellos. No quieren repetir errores del pasado y, en su intento de blindarse frente a futuras crisis, han empezado disparar hacia todos los lados.

Para evitar que un shock bancario acabe en un rescate público, las autoridades han introducido los colchones anticrisis, armadura compuesta de capital y deuda que se puede impagar en caso de problemas. Con esta medida, las entidades buscan conseguir un balón de oxígeno cuando vengan mal dadas y, en caso de resolución, limitar o incluso evitar recurrir al dinero del contribuyente. En su lugar, pasa a ser el inversor el que asume las pérdidas en un concepto que se conoce como bail-in en la jerga y que se traduce como rescate interno. Hasta ahí todo bien, pues, como dice Miquel Roig, corresponsal en Bruselas de EXPANSIÓN, esto es “bailinismo o barbarie”.

Sede del Banco Central Europeo.
Sede del Banco Central Europeo.

Pero resulta que la deuda anticrisis también tiene contraindicaciones que pueden generar nuevos riesgos para la estabilidad del sector bancario. En este blog ya hemos hablado de algunas de ellas, como el detonador de los CoCos o el elevado coste para las entidades más pequeñas. Sin embargo, conforme los bancos van construyendo su colchón, van surgiendo nuevos efectos secundarios.

El último es el que contaba mi compañera Inés Abril el otro día. En su último informe, la Junta Europea de Riesgo Sistémico (ESRB, por sus siglas en inglés) advertía del peligro para la estabilidad que se desprende del hecho de que gran parte de la deuda anticrisis esté en manos de otros bancos. El riesgo es evidente: si una entidad tiene problemas e impaga sus bonos, otro banco pierde su inversión y sufre. Si trasladamos esto a un escenario de crisis, en el que los problemas son generalizados, la imagen resultante es de película de terror.

Las autoridades han puesto penalizaciones a los bancos que compran deuda anticrisis para desincentivar su adquisición, pero ni por esas. En todos los dosieres de emisiones anticrisis que han pasado por mis manos, las entidades ocupan una posición significativa por la parte de la demanda. Al fin y al cabo, en época de tipos al 0%, una rentabilidad superior al 5% suena demasiado bien.

La cuestión es que las autoridades no quieren que los bancos tengan deuda anticrisis de otros… como tampoco quieren que la tengan los minoristas. Poco a poco, van cercando quién debe asumir las pérdidas en caso de rescate, lo que hace todo más difícil. Vender deuda que puedes impagar en un momento dado lleva a que el comprador exija una contrapartida por el riesgo que asume. Si, por temas regulatorios, cada vez hay menos demanda, el precio será superior.

Hasta la fecha, los bajos tipos de interés se han dejado sentir cada vez más en el precio de las emisiones más caras. Sin embargo, cuando este efecto se desvanezca y vuelva a imponerse la lógica del mercado en la que la oferta y la demanda copan todo el protagonismo, los bancos verán como sus costes se elevan. ¿Realmente es positivo poner palos en las ruedas de las entidades? Si la deuda anticrisis se hace extremadamente cara podría llegar a suponer un problema. Pero los supervisores lo quieren todo: quieren que los bancos tengan un poderoso colchón, pero prácticamente no quieren que nadie se lo compre. Lo dicho, ni comen ni dejan comer, y ojo que entiendo que la solución no es sencilla.

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